Un estudio español con 2.036 pacientes revela que el 63,5% presenta obesidad clínica, frente al 38,9% identificado mediante el índice de masa corporal. Los resultados del proyecto OBERCE, presentados en el 56º Congreso de la Sociedad Española de Nefrología, celebrado en Murcia, ponen el foco en la necesidad de mejorar la valoración del exceso de grasa corporal y detectar posibles diferencias entre hombres y mujeres.
El índice de masa corporal (IMC) no cuenta toda la historia de la obesidad en las personas con enfermedad renal crónica (ERC). Un paciente puede presentar un peso aparentemente normal y, sin embargo, acumular un exceso de grasa visceral que incremente su riesgo cardiovascular y metabólico. Esta es una de las principales conclusiones del proyecto OBERCE, una investigación multicéntrica española que revela que más de seis de cada diez pacientes con ERC presentan obesidad clínica, aunque el IMC solo identifica a cuatro de cada diez.
Los resultados se han dado a conocer con motivo del 56º Congreso Nacional de la Sociedad Española de Nefrología (S.E.N.), que reúne en Murcia, del 5 al 7 de noviembre, a unos 1.300 especialistas nacionales e internacionales.
El estudio, promovido por la S.E.N. y liderado por Clara García Carro, nefróloga del Hospital Clínico San Carlos de Madrid, y María José Soler, jefa de Nefrología Clínica y Diálisis del Hospital Vall d’Hebron de Barcelona y vicepresidenta de la sociedad científica, ha analizado a 2.036 adultos con ERC atendidos en consultas de nefrología de 20 hospitales españoles entre febrero y agosto de 2025. La investigación excluyó a los pacientes en diálisis o con un trasplante renal.
La obesidad que no se ve
Según el criterio tradicional de un IMC superior a 30 kg/m², el 38,9% de los participantes presentaba obesidad. Sin embargo, al incorporar otras medidas corporales, como la circunferencia de la cintura y la relación entre cintura y altura, la proporción ascendía al 63,5%.
La diferencia resulta especialmente relevante en los 558 pacientes, el 27,4% de la muestra, que presentaban lo que los investigadores denominan obesidad oculta. En estos casos, el IMC se encontraba dentro de la normalidad, pese a que otras mediciones revelaban un exceso de grasa visceral.
Esta situación puede retrasar la identificación de un factor de riesgo que contribuye directamente al daño renal. La obesidad y la ERC comparten mecanismos que se retroalimentan, mientras que la acumulación de grasa corporal incrementa el riesgo de complicaciones cardiovasculares y metabólicas.
El presidente de la S.E.N., Emilio Sánchez, ha advertido de “la necesidad de ir más allá del IMC para diagnosticar la obesidad en las personas con ERC y seguir profundizando en la estrecha relación entre ambas patologías”. La incorporación de medidas corporales complementarias ayudaría a reconocer situaciones que pasan inadvertidas cuando únicamente se evalúa la relación entre peso y altura.
El estudio adquiere especial interés ante la llegada de nuevas alternativas farmacológicas para el tratamiento de la obesidad y la enfermedad renal. Entre los pacientes que cumplían los criterios de obesidad clínica, el 24,1% recibía agonistas del receptor GLP-1. Este grupo presentaba, además, una mayor frecuencia de hipertensión arterial, diabetes e insuficiencia cardiaca.
Diferencias entre mujeres y hombres
OBERCE ha identificado desigualdades que merecen una evaluación específica. La obesidad clínica era más frecuente entre las mujeres y, dentro de este grupo, ellas presentaban una peor función renal que los hombres.
El filtrado glomerular estimado se situaba en 36 ml/min/1,73 m² en las mujeres, frente a 40 ml/min/1,73 m² en los hombres. Asimismo, las pacientes recibían con menor frecuencia tratamientos con IECA/ARA II, inhibidores de SGLT2 y agonistas del receptor GLP-1.
García Carro y Soler han llamado la atención sobre la necesidad de corregir estas diferencias y evitar sesgos de género tanto en la identificación de la obesidad como en la atención a las personas con enfermedad renal.
Los hallazgos refuerzan el interés de incorporar una valoración más completa de la composición corporal a la práctica clínica. La identificación temprana de la obesidad puede orientar las intervenciones sobre el estilo de vida y la elección de tratamientos farmacológicos cuando estén indicados.
Una enfermedad que sigue creciendo
La ERC afecta ya a cerca del 15% de la población española, unos siete millones de personas, según las estimaciones difundidas por la S.E.N. Esta cifra incluye todos los estadios de la enfermedad y a quienes todavía no han recibido un diagnóstico.
Su evolución preocupa especialmente a los nefrólogos por el aumento de los pacientes que necesitan tratamiento renal sustitutivo. En España, más de 68.400 personas reciben diálisis o viven con un trasplante renal, mientras que cada año se incorporan más de 7.000 nuevos pacientes a estos programas. La diabetes está detrás de una cuarta parte de las nuevas incorporaciones.
La prevalencia y la mortalidad de las personas en tratamiento renal sustitutivo han aumentado más de un 30% durante la última década. A la carga clínica se añade el impacto económico, ya que la ERC consume aproximadamente el 3% del presupuesto del Sistema Nacional de Salud.
Sánchez ha advertido de que, si continúa el ritmo actual de crecimiento y no se refuerzan las medidas preventivas, en 2040 un tercio de los mayores de 65 años podría presentar ERC, que llegaría a convertirse en la quinta causa de muerte en España.
El presidente de la sociedad científica ha descrito la ERC como una enfermedad “muy silente, que se detecta mayormente en los estadios avanzados”. Frente a esta situación, ha puesto el acento en el cribado de las personas con factores de riesgo, el tratamiento temprano y las estrategias destinadas a retrasar la progresión de la enfermedad.
Murcia supera la media nacional
La celebración del congreso ha servido para presentar los últimos datos sobre la enfermedad renal en la Región de Murcia, que registra una incidencia y prevalencia de pacientes en tratamiento renal sustitutivo superiores a la media española.
En 2024, la incidencia alcanzó los 161,3 pacientes por millón de población, frente a los 150,1 de la media nacional. Supone un crecimiento del 8% respecto al año anterior y sitúa a Murcia como la sexta comunidad autónoma con mayor incidencia.
La prevalencia llegó a los 1.461,3 pacientes por millón de población, frente a los 1.407 registrados en el conjunto de España.
En términos absolutos, unas 2.300 personas necesitan tratamiento renal sustitutivo en Murcia. De ellas, 1.051 reciben hemodiálisis, 94 diálisis peritoneal y 1.149 viven con un trasplante renal.
Flori Rosique, presidenta del Comité Organizador del congreso y nefróloga del Hospital Clínico Universitario Virgen de la Arrixaca, ha situado la detección precoz entre los principales retos de la comunidad. Ha advertido de que el crecimiento de la ERC exige una mayor concienciación social y una actuación más temprana sobre sus factores de riesgo.
Por su parte, Juan Bernardo Cabezuelo, vicepresidente del Comité Organizador y jefe de Nefrología del mismo hospital, ha repasado algunas iniciativas regionales, como el proyecto PREVENT, centrado en el cribado y registro de la ERC junto a Atención Primaria, y los programas destinados a agilizar el acceso al trasplante renal.
Nuevos horizontes para la nefrología
El 56º Congreso Nacional de la S.E.N., que se celebra por primera vez en Murcia, reúne 750 comunicaciones científicas y un programa centrado en los avances que están transformando la atención nefrológica.
La inteligencia artificial, la medicina de precisión, la genética y las nuevas herramientas diagnósticas comparten espacio con las innovaciones farmacológicas, la nefroprotección y los avances en diálisis y trasplante renal.
El encuentro presta especial atención a cuestiones como la perspectiva de género en la lesión renal aguda, la historia reproductiva de la mujer como marcador de riesgo cardiovascular y renal, la onconefrología y la nutrición personalizada.
La atención a las personas con ERC avanzada, la donación de vivo, la anemia y el envejecimiento completan una agenda científica que incorpora la participación de los pacientes y las decisiones compartidas.
La investigación sobre obesidad y enfermedad renal representa uno de los ejemplos de esta evolución. Sus resultados muestran que mejorar el diagnóstico no siempre exige tecnologías complejas, sino revisar cómo se mide el riesgo y qué pacientes pueden quedar fuera de los criterios tradicionales.
