La Farmacología Clínica pide demostrar el beneficio real de las terapias avanzadas y la inteligencia artificial

La llegada de nuevas terapias y la creciente presencia de la inteligencia artificial (IA) en la investigación y la asistencia sanitaria plantean una pregunta fundamental. ¿Todo lo que permite hacer la tecnología se traduce realmente en una mejor atención al paciente? Esta cuestión ha centrado buena parte de los debates del XXXIII Congreso de la Sociedad Española de Farmacología Clínica (SEFC), que reunió en Madrid a especialistas, investigadores, profesionales sanitarios, representantes de la industria farmacéutica y pacientes.

Durante tres jornadas, los participantes analizaron las posibilidades de las terapias avanzadas, los retos de la farmacovigilancia, la evaluación de tecnologías sanitarias y la necesidad de incorporar las preferencias de los pacientes a las decisiones sobre medicamentos. Una reflexión que sitúa al farmacólogo clínico en una posición relevante por su conocimiento de los tratamientos, la investigación clínica y la seguridad farmacológica.

Emilio Vargas Castrillón, presidente del Congreso, recordó la contribución histórica de la especialidad al desarrollo de la investigación clínica y la farmacovigilancia en España. En su opinión, este papel adquiere especial importancia con la llegada de nuevas opciones terapéuticas. Pero insistió en que los avances deben ir acompañados de una mayor participación de quienes reciben los tratamientos. “No solo debemos decir que debe ser el centro del sistema, debemos darle poder para que sus opiniones sean consideradas y, en algunos casos, ser prioritarias”, afirmó.

Terapias avanzadas y seguridad

Uno de los asuntos que despertó mayor interés fue el potencial de las terapias CAR-T fuera de la Hematología. Su capacidad para provocar una especie de reinicio del sistema inmunitario abre nuevas posibilidades de investigación en enfermedades inmunológicas con necesidades terapéuticas todavía no cubiertas.

Sin embargo, trasladar estos avances a la práctica asistencial exige organizar adecuadamente las unidades de terapias avanzadas y garantizar el seguimiento de los pacientes. Los especialistas compartieron experiencias sobre el funcionamiento de estas unidades, la monitorización de medicamentos biológicos y la prevención de reacciones adversas inmunomediadas.

En este último campo, Silvia Sánchez Ramón, jefa de Inmunología del Hospital Universitario La Paz, revisó los mecanismos que provocan estas reacciones y las nuevas propuestas para clasificarlas. Su conocimiento resulta fundamental para establecer estrategias de prevención y tratamiento adaptadas a cada situación.

La seguridad farmacológica ocupó un lugar importante en la conferencia de clausura, impartida por Francisco José de Abajo Iglesias, catedrático de Farmacología de la Universidad de Alcalá y responsable de la Unidad de Farmacología Clínica del Hospital Universitario Príncipe de Asturias.

De Abajo recordó que algunas reacciones adversas, incluso muy graves, solo se identifican cuando los medicamentos empiezan a administrarse a poblaciones amplias. Por ello, defendió la necesidad de mantener la vigilancia durante toda su utilización y evaluar continuamente su relación beneficio-riesgo.

Su intervención repasó la evolución de la farmacovigilancia y la farmacoepidemiología en España, dos disciplinas esenciales para detectar problemas de seguridad, conocer mejor los efectos de los tratamientos y orientar las decisiones clínicas.

La IA no garantiza una mejor asistencia

La incorporación de la inteligencia artificial a la sanidad fue otro de los grandes asuntos del encuentro. El análisis de grandes bases de datos, la generación de evidencia en práctica clínica real y el desarrollo de medicamentos ofrecen posibilidades que hace unos años parecían lejanas. No obstante, los expertos cuestionaron que una mayor productividad implique necesariamente mejores resultados en salud.

Julio Mayol Martínez, catedrático de Cirugía de la Universidad Complutense de Madrid y director científico del IdISSC, planteó los riesgos de incorporar herramientas tecnológicas sin evaluar previamente su verdadero valor asistencial.

“¿Por qué asumimos que automatizar procesos y hacer más equivale necesariamente a hacerlo mejor?”, preguntó Mayol. El experto cuestionó que los beneficios de la IA para profesionales y organizaciones se traduzcan automáticamente en mejores resultados para los pacientes.

Entre los riesgos identificados figuran la aparición de nuevas dependencias tecnológicas y el debilitamiento de competencias como el razonamiento crítico, el juicio profesional y la deliberación clínica.

Frente a ello, Mayol propuso reforzar la formación de los profesionales, preservar su autonomía intelectual y rediseñar los procesos asistenciales para aprovechar el tiempo que pueda liberar la tecnología. El objetivo no debería ser únicamente trabajar más rápido, sino dedicar más atención a la conversación con los pacientes y a la toma de decisiones compartidas.

Evaluar mejor los medicamentos

La evaluación de tecnologías sanitarias (ETS) constituyó otro de los ejes del Congreso. Los especialistas analizaron los primeros meses de aplicación del Reglamento europeo de Evaluación de Tecnologías Sanitarias y los desafíos que plantea su desarrollo en España.

Arantxa Sancho López, farmacóloga clínica del Hospital Universitario Puerta de Hierro Majadahonda; Ana Rosignoli, representante de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS); y María José Calvo, subdirectora general de Medicamentos y Productos Sanitarios de la Consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid, coincidieron en que todavía es pronto para valorar los resultados del nuevo modelo europeo.

Aun así, identificaron la necesidad de simplificar las evaluaciones conjuntas y concentrar los esfuerzos en aquellos aspectos que realmente aportan información relevante para decidir sobre la incorporación de nuevos tratamientos.

En el ámbito nacional, los participantes consideraron fundamental evitar duplicidades dentro del Sistema Nacional de Salud (SNS) y garantizar procedimientos rigurosos, pero suficientemente flexibles para adaptarse a la experiencia acumulada.

La evaluación de medicamentos requiere, además, incorporar dimensiones económicas, legales, éticas, organizativas, sociales, ambientales y de género. Esto implica trabajar con profesionales de otras disciplinas y ampliar las competencias de los farmacólogos clínicos.

El Congreso examinó igualmente las oportunidades de colaboración entre la Farmacología Clínica y la industria farmacéutica para desarrollar investigaciones que respondan a preguntas relevantes y generen evidencias útiles para la práctica asistencial.

El paciente debe participar en las decisiones

Más allá de los avances científicos y tecnológicos, una de las principales conclusiones del encuentro fue la necesidad de dar mayor capacidad de decisión a los pacientes.

Los especialistas defendieron que sus preferencias deben tenerse en cuenta junto con los resultados clínicos, tanto en la investigación como en la asistencia sanitaria y en las decisiones de la Administración sobre medicamentos.

Conocer qué resultados consideran importantes quienes conviven con una enfermedad permite identificar necesidades que pueden pasar inadvertidas cuando la evaluación se limita a indicadores clínicos.

En esta línea, varias mesas insistieron en la importancia de reforzar la colaboración entre farmacólogos clínicos, profesionales de Enfermería, médicos de la industria farmacéutica y pacientes. Una cooperación que puede facilitar el diseño conjunto de investigaciones y mejorar el acceso a los medicamentos.

El encuentro concluyó con una idea compartida. La innovación terapéutica y tecnológica ofrece nuevas oportunidades, pero su incorporación a la sanidad debe apoyarse en evidencias rigurosas, una vigilancia continuada de la seguridad y una participación efectiva de los pacientes. El verdadero avance no consiste únicamente en disponer de más herramientas, sino en demostrar que contribuyen a mejorar la salud y la atención que reciben las personas.

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